1.8.08

Hace meses, tal vez unos años, redacté una breve lista con mis escritores favoritos, con la intención de ir dedicándoles una serie de posts en los que hablaría de sus obras y de mi reacción a sus distintas novelas. Sin embargo, el tiempo ha pasado y no he tenido tiempo de poner en marcha esos post literarios. Aprovecho ahora la tranquilidad de mis vacaciones veraniegas y la lectura reciente del segundo volumen de Tu rostro mañana de Javier Marías para inaugurar esta serie de posts, esperando que tengan continuidad en el futuro. Ya veremos.

Curiosamente (lo digo porque casi nunca es el caso) mi relación de lector con Javier Marías comenzó precisamente con su primera obra, Los dominios del lobo. Recuerdo que eran relatos cortos con ciertos detalles que los iban entrelazando, y también recuerdo una introducción a dicho libro donde el autor comentaba que lo había redactado en casa de su tío, el mismísimo director de culto Jess Franco. Las historias estaban ambientadas en Estados Unidos y me resultaron muy frescas, casi en la onda de Raymond Carver o algún autor similar. Una buena primera impresión, vaya.

A partir de ahí parece que Marías cambió radicalmente de estilo y pasó a desarrollar otro tipo de prosa, más recargada y reflexiva. No sé bien cuál fue la segunda novela suya que cayó en mis manos, pero me causaron buena impresión casi todas sus obras siguientes (o eso creo recordar): Todas las almas, El monarca del tiempo, El siglo, El hombre sentimental, Corazón tan blanco... Así hasta llegar a Mañana en la batalla piensa en mí, que para mí supone la cima de su escritura, con ese estilo obsesivo que ofrece pocas facilidades al lector (oraciones subordinadas bastante complicadas, escasas pausas para iniciar un nuevo párrafo) y que supongo que acaban por convertirle en uno de esos autores que o amas u odias.

En algún punto del tiempo he leído también dos o tres libros de relatos cortos suyos, entre ellos Mientras ellas duermen y Cuando fui mortal. No me marcaron especialmente (parece que este autor se defiende mejor en las distancias largas).

Más adelante recuperé Travesía del horizonte, que creo recordar que me resultó decepcionante, y a partir de lo que he leído desde ahí Marías ha entrado en una dinámica donde cada vez hace libros más gordos que antes, en los que cuenta cada vez menos cosas (bueno, el caso es que habla y reflexiona mucho, siempre en primera persona, pero da la impresión de no llevar a ningún lado). De Negra espalda del tiempo sólo recuerdo una sensación molesta (mala señal) y poco más.

Lo último que ha escrito es la trilogía de Tu rostro mañana. El primer volumen lo leí con atención (porque si entras en su peculiar juego narrativo se trata de un autor que consigue atraparte bien), pero al llegar al final no pude evitar sentirme algo estafado, ya que durante 500 páginas apenas pasaba nada. Además, por la razón que fuera, el estilo de Marías empezaba a atragantárseme un poco.
Justo estos días he releído dicho volumen, ya que quería prepararme para la lectura del segundo, Baile y sueño. Mis impresiones respecto a la primera parte de la trilogía se confirmaron, pero aun así volví a meterme en la (escasa) trama. Sin embargo, cuando llegó el turno de enfrentarme a la segunda no he pasado de la mitad del libro (a duras penas he llegado a la página 200), siendo la primera vez que abandono la lectura de una de sus novelas.
No sé si son impresiones mías, o si es que Marías ha cambiado demasiado en su estilo, o si es que soy yo el que ya no recibe con igual agrado su modo de escribir. El caso es que en esta penúltima novela suya se me han atragantado demasiadas cosas. No pasa casi nada relevante, de acuerdo, pero eso ya sucedía en anteriores obras del madrileño. Su estilo es recargado, aunque ya lo había sido en casi toda su producción. ¿Entonces? Algo falla, no hay duda.
Me han molestado cosas como sus aires pedantes (suyos como escritor, pero también abundan en el protagonista y narrador). Hay muchos apuntes lingüísticos que no llevan a ninguna parte, salvo a decirnos lo listo que es Marías y los muchos idiomas que habla. Se mete con ciertos personajes con un sarcasmo algo bruto y que parece que se debe a algún tipo de venganza personal por algo sucedido en la vida real, sin que dichas vendettas aporten demasiado a la trama. Pero principalmente, me aburren sobremanera sus disquisiciones sobre servicios secretos y demás personajes que, se supone, deberían mover la historia hacia algún lugar, logrando sin embargo una sensación de inmovilidad y de que se van acumulando las páginas sin aportar nada saboreable. No quiero ni imaginar cómo debe ser la lectura del tercer y último volumen, que salió a la venta hace unos meses.

En fin, creo que por lo que a mí respecta al señor Marías se le ha acabado el crédito, aunque aún tengo la esperanza de que en alguna obra próxima quiera desmarcarse de esta aburridísima y larguísima historia, volviendo a deleitarme como lo hizo en el pasado. De todos modos, al menos hace años consiguió atraparme con cuatro o cinco buenos libros, y por eso merece que lo mencione, aunque a día de hoy no estaría entre mis diez escritores favoritos.
b.s.o. THE TING TINGS “We started nothing” [L.P.]
24.7.08
Como sabréis, desde hace tres años largos vengo escribiendo reseñas sobre algunos de los estrenos de cine semanales para la revista Fanzine Digital. Por supuesto, la ventaja inmediata en que pensaréis todos es que puedo ir al cine gratis una vez (incluso a veces dos o más) cada siete días, con Ella de invitada extra (se viene de acompañante, pero luego no tiene que escribir ninguna reseña: ¡vaya morro!).
No voy a negar que sea genial acabar cada año habiendo visto unas 70 películas en la pantalla grande sin haber tenido que desembolsar ni un mísero euro por ello. Sin embargo, hay pequeños inconvenientes que a veces agobian un poco (ni por asomo voy a decir que me arrepienta de mi labor de crítico aficionadillo).
Hay temporadas del año en las cuales es un verdadero fastidio encontrar un hueco para poder acudir al cine y hacerlo con la mente lo suficientemente relajada (hablo de cuando estoy subtitulando películas como loco y lo último que me apetece es sentarme a ver otras dos horas filmadas). También hay que reservar un hueco para escribir cada crítica con un poco de esmero (a mí me llevan aproximadamente una hora), y hay un plazo de entrega no demasiado agobiante, pero con el que no siempre puedes cumplir a tiempo, sobre todo si se te juntan un par de días con la agenda repleta por una cosa u otra.
Pero bueno, de lo que quería hablar en este post era de los tráilers que acabo viendo una y otra vez. Hay algunos con los que Ella y yo soltamos bufidos nada más los vemos empezar, porque a base de acudir a las salas de proyección nos los tenemos que tragar casi por narices. A veces se agradece cuando llegamos un poco más apurados de tiempo al cine, justo para ver empezar la película que nos toca ese día en cuestión, porque así al menos nos libramos de visionar el mismo tráiler por enésima ocasión.
Y claro, también nos alivia saber que por fin se estrena una película cuyo tráiler hemos visto docenas de veces, ya que así sabemos que no lo seguirán pasando más.
El gran problema de los tráilers de hoy en día es que no tienen ningún reparo en alargarse hasta los tres minutos de duración si hace falta. Todo sea por destriparte la película entera y quitarte las ganas de ir a verla, supongo, porque otra explicación no tiene. Como dice la gente del excelente programa radiofónico Klartelera, “el tráiler convalida” y no hace falta ni acudir a la sala de proyección a ver ciertos bodrios que sabes exactamente cómo empiezan y cómo se van a desarrollar (en este sentido, las comedias románticas suelen ser las más predecibles). Hay tráilers que no se cortan un pelo, y prácticamente te sacan imágenes del final de la película (todo parece indicar que para que tú mismo decidas si te vale la pena pagar la entrada).
En este contexto, donde queda muy poco espacio para la sorpresa, recuerdo sin embargo un tráiler como el de Lío embarazoso, donde en apenas unos segundos te ponían en antecedentes de qué sucede en la película y qué tono se le va a imprimir a la cinta. De ese modo si te atraen las comedias gamberras sabes que seguramente te reirás con la historia, y si no mejor pasas de ir a verla, pero al menos no te quedas con la sensación de que te han puesto todos los chistes graciosos de la película y que quizá no haya más (esto suele pasar, y la sensación de haber sido estafado duele bastante).
Además, la sobreexposición a los tráilers hace que, cuando por fin acudes a la sala a ver la película, aquello se convierta en una especie de ejercicio de “une los puntos”, porque te acuerdas de las diferentes escenas que salían en el tráiler y vas montando la historia como un puzzle en tu cabeza, sabiendo que aún tiene que pasar tal cosa o tal otra, o que el secundario cachondo aún tiene que decir esa frase tan ingeniosa... Una pena, vaya, ya que le quita toda la gracia a este invento del cine, donde teóricamente te metes en una sala oscura y te sientas en una cómoda butaca a dejarte sorprender (bueno, esto también es aplicable a otro tipo de salas... pero sólo lo comento porque me lo han contado, ¿eh?).
Supongo que a las distribuidoras se la suda bastante que los espectadores entren a la sala a dejarse cautivar y no lo consigan porque ya vienen contaminados por la publicidad previa. Lo que cuenta para los grandes estudios es que la gente pague su entrada, y que además se gaste una pasta importante en palomitas, refrescos y chucherías diversas, que al fin y al cabo son los elementos que acaban moviendo la industria cinematográfica.
Padecimiento de tráilers aparte, otro efecto secundario de ver tanto cine es que, como decía antes, resulta más fácil predecir las líneas generales de desarrollo de cada historia, y a veces te plantas en la media hora de proyección sabiendo perfectamente qué va a pasar hasta que finalmente empiecen a aparecer los títulos de crédito, con lo que la sensación de agobio se acentúa, sobre todo si la película no pasa de ser meramente entretenida (siendo generosos) y si te asalta la sensación de que deberías estar en otra parte, haciendo algo de mayor provecho.
Para la gente que no va tanto al cine, lógicamente, cada nueva historia es algo más novedoso y les parecerá el colmo de la originalidad, pero nosotros a veces no podemos evitarlo y nos salimos de la sala antes de que se termine la película. Como suele decirme Ella cuando se agobia terriblemente y no aguanta más en la butaca viendo el bodrio de turno: “¿Ya tienes suficiente material para hacer la crítica?” Y normalmente lo tengo, así que salimos a la calle, a seguir viviendo un poco en el mundo real.
b.s.o. ASH “Trailer” [L.P.]
17.7.08

De niño yo era un fiel seguidor de Los 40 Principales. De hecho, gran parte de mi cultura musical general debe su razón de ser a que seguía con atención los diversos programas que se emitían en aquella época (y además practicaba bastante inglés los sábados por la tarde, cuando pasaban el American Top 40).
Eso sí, por supuesto, uno de los grandes problemas de escuchar este tipo de emisoras era (y sigue siendo, supongo), los anuncios. El bombardeo publicitario era constante, y había que abstraerse mucho para no acabar majara ante tanta propaganda de bebidas, discotecas y demás tonterías. Recuerdo que en la presentación de la lista de Los 40, los sábados, hacían pausas de 2 minutos para meter anuncios, ya fueran emitidos desde Madrid o desde las diversas emisoras locales. Yo aprovechaba esas pausas para pasarme al TAPE y escuchar dos minutos de alguna canción que tuviera metida en el casete, más que nada por no tragarme las mismas cosas anunciadas por enésima vez.
Con el tiempo me pasé a Radio 3 (hace bastante años), pero lo cierto es que ya ha llovido bastante desde la última vez que seguí con regularidad alguna radiofórmula (sea indie o no), y prácticamente la única emisora que escucho es la Cadena Ser, el punto del dial donde tengo sintonizado el cacharro de música que tenemos en la cocina, y que suele ser mi compañía mientras preparo desayunos, almuerzos, comidas y cenas, o mientras friego los platos o coloco la compra.
Sin embargo, tengo la mala suerte de que cada vez que entro en la cocina y enchufo el aparato normalmente me da tiempo a escuchar (con suerte) una frase o dos del locutor del programa correspondiente, porque justo a continuación se van a “unos cuantos consejos” (¡toma eufemismo!), y a partir de ahí me toca escuchar una vez más, durante cinco minutos, las mismas promociones de bancos, casas de muebles, marcas de coches y mierdas similares. Eso sí, no temáis: justo cuando acabo mis tareas en la cocina y estoy a punto de apagar y marcharme... ¡Efectivamente! Entonces se reanuda el programa.
Y con la televisión me pasa tres cuartos de lo mismo. Diez minutos haciendo zapping, y cuando por fin encuentras un programa decente que ver mientras te zampas el bocata del almuerzo... ¡Hale, a publicidad!
De pequeño solía pensar que cuantos más anuncios pusieran seguidos luego nos dejarían más rato sin interrupciones a los espectadores, para que pudiéramos disfrutar de nuestros programas favoritos. ¡Ingenuo de mí! Por supuesto, cuantas más promociones nos hagan tragar las radios o las televisiones hay tantas o más posibilidades de que éstas se alarguen hasta el infinito. La pela es la pela, ¿no?
Pues nada, quería aprovechar esto para quejarme de lo saturado que estoy de publicidad. Sé de gente capaz de sentarse delante del televisor y meterse entre pecho y espalda toda la tanda de anuncios con que los distintos canales tienen a bien obsequiarnos (y a un volumen superior al que emiten los programas, para que nos despertemos si estamos medio asobinados y prestemos más atención), pero yo sinceramente me niego. Es más: últimamente si oigo alguna serie de anuncios, aunque sea de fondo y en la lejanía, me pongo malo.
Supongo que la publicidad me enferma, en todos sus aspectos y con todo lo que conlleva, tanto por parte de las marcas (que sólo piensan en ganar más dinero que el año anterior), de las agencias de publicidad (que buscan crear tendencias y que se hable de sus creaciones), de las cadenas de televisión y radio que emiten los anuncios (parece que los programas son una mera excusa para meter publicidad a saco por el medio), y por último del público objetivo de esas brutales campañas (que se dejan guiar como corderos al matadero y se dejan la pasta en chorradas que no necesitan, o que podrían conseguir más baratas).
Menos mal que estamos en la era de las series bajadas de internet, y ahí ni publicidad ni hostias.
[Por cierto, os recomiendo fervientemente el visionado de Po de estrelas, un cortometraje experimental que tiene un fragmento donde se dedica a bombardearnos los oídos con frases sacadas del contexto publicitario más abyecto, pero mientras se nos muestran imágenes que contrastan poderosamente con lo que estamos oyendo. Creo que desde que lo vi varias veces (subtitulándolo para un festival) mi opinión negativa sobre la publicidad se ha radicalizado áun más.]
b.s.o. LOS PLANETAS “Vas a verme por la tele”
12.7.08
Creo que me he dado cuenta de que me hago mayor. No en el sentido de vieja, sino en el de que ya no soy una adolescente. Hasta hace un par de años cuando veía a gente de 22 no me sentía tan alejada de ellos. Ahora con 29, a falta de 10 meses para los 30, veo que no tengo mucho que ver con ellos. Que si entrara en los pasillos de mi facultad ya no parecería una alumna sino una profesora “de las jóvenes”.
Y en realidad no me asusta, sólo es que el tiempo pasa muy rápido.
1.7.08

Normalmente uno habla de las cosas que le gustan, dando rienda suelta a su pasión, pero en este caso he decidido retomar los posts (tras más de un mes de obligado retiro internetil gracias al estrés de fin de curso) hablando de tres series de televisión a las que Ella y yo hemos dado una oportunidad, pero no han llegado a convencernos. En fin, no todo van a ser alabanzas, ni todas las series pueden ser geniales.

Extras es una serie británica que cuenta cómo dos pobres diablos (un hombre y una mujer algo maduritos y peculiares) intentan abrirse paso en el terreno de la interpretación, fracasando de un modo bastante patético. Eso sí, cuando por fin uno de ellos consigue triunfar digamos que no es para estar orgulloso precisamente. En cada episodio aparece actores (unos famosos, otros no tanto) y cantantes, a modo de estrellas invitadas, y uno de los puntos buenos de la serie es el modo maligno en que los retratan. Así, a Patrick Stewart lo ponen de supersalido, a Daniel Radcliffe de capullo integral, a Chris Martin (Coldplay) de subidito...
Sin embargo, lo que podía ser una buena idea acaba convirtiéndose en algo extraño que tienen algunos momentos o frases buenos (el agente del protagonista es genial, por ejemplo), pero otros donde el ritmo no funciona y los personajes y las situaciones se atragantan un poco. Hemos visto las dos primeras temporadas (12 episodios) y creo que hasta aquí hemos llegado.

El mismo creador y actor principal de Extras, Ricky Gervais, fue la mente detrás de The office, serie que luego ha conocido una versión en Estados Unidos. El protagonista de esta versión es el cargante Steve Carell, que encarna a un jefe alocado en una oficina llena de gente gris (con alguna excepción). El problema es que, al ser el protagonista prácticamente el único que rompe con la rutina del comportamiento normal de la oficina, se dedica a hacer el ridículo en todos los episodios, sin que haya otro personaje que le dé una réplica graciosa al mismo nivel (por ejemplo, en Scrubs o en Me llamo Earl todos los personajes tienen algo que les hace desquiciados, y por tanto juegan todos en igualdad de condiciones).
Si no conectas con ese particular tipo de humor de Carell, lleno de gesticulaciones exageradas y ruiditos, pues como que acabas bastante harto de la poca variedad que ofrece la serie. Además, cae en los mismos errores mencionados para la serie anterior: falta de ritmo, extrañeza que no lleva a ningún lado... Han caído 15 episodios (la primera temporada y unos cuantos de la segunda), y en vistas de que la cosa no mejora creo que ya está bien.

Por último, hemos visto cuatro episodios de Trailer park boys, las andanzas corales de una serie de personajes de baja estofa en un barrio de casa prefabricadas. Todo muy cutre y como de la América profunda, con un sabor que recuerda a Me llamo Earl, pero que se queda unos peldaños por debajo de los excelentes resultados de ésta. Igual que The office, está grabada cámara en mano, como si se tratara de un reality show, pero nos hemos quedado algo despagados al ver que de tanto personaje no sale nada realmente destacable. Hay buenas ideas e intenciones, pero les falta rematarlas para conseguir un producto que nos llame la atención.
b.s.o. TOM PETTY “Trailer”
26.5.08
El universo twitter es alucinante. El domingo pasado Ella y yo nos fuimos de comida familiar a casa de mis tíos y luego al cine (Antes que el diablo sepa que has muerto, pasable y poco más), y cuando regresamos a casa y pusimos el ordenador nos topamos con que un buen número de nuestros contactos se habían cambiado el avatar por uno sacado de una página donde puedes crear tu propio careto estilo japonés. Vamos, parecido a lo que se podía hacer el año pasado a propósito del estreno de la peli de Los Simpson.
Nuestro avatar ha causado sensación, supongo que porque los dibujos de ambos se parecen bastante a nuestras caras originales. Pero claro, los hicimos los dos mano a mano, aportando ideas, y teníamos al otro para elegir los rasgos más adecuados, así que es casi como si hubiéramos hecho trampa, ¿no? Bueno, el caso es que ahí ha quedado. Ya veremos lo que dura la moda, y cuál es el siguiente virus que se extiende entre los usuarios de esta herramienta de comunicación.
Seguro que la fiebre japonesa viene de la twitter & sushi del viernes 23, donde nos lo pasamos genial con una amplia representación de los twitteros valencianos. Además, después del sushi nada mejor que zambullirnos en un invento también 100% japonés como el karaoke, en un pub de la avenida de Aragón. Poco a poco nos fuimos animando a cantar unos cuantos, y de hecho nos ha tocado crearnos una cuenta en YouTube para subir los dos vídeos que grabamos allí. Como ya ha llovido bastante estos días no creo que la cosa empeore, así que ahí los tenéis para quien se sienta con ánimos.
b.s.o. HAPPATAI “Yatta!”
22.5.08
Dentro de exactamente un mes los profesores de mi colegio estaremos en Aquopolis o algún lugar similar celebrando la convivencia de fin de curso junto a los monstruitos de la E.S.O. que tenemos a nuestro cargo. Así pues, parece que este curso 2007-08 está tocando a su fin (por si este calor que ya empieza a ser sofocante no fuera indicador suficiente).
Ya estamos encarando la recta final: la semana que viene empezamos con las sesiones de evaluación, y a partir de ahí iremos encadenando las de la tercera evaluación con las de la evaluación global, para acabar desembocando en una última semana sin clases, pero repletas de múltiples reuniones de todo tipo y con miles de tareas por rematar: las nuevas programaciones para el curso que viene, las memorias finales de cada asignatura y de la biblioteca, los preparativos para un intercambio de alumnos nuestros con un colegio inglés que tendrá lugar en octubre... Demasiadas cosas para hacer una lista exhaustiva, y muchas de las cuales sonarán a chino al que no se dedique al mundo de la enseñanza.
Por cierto, que si me había sentado a escribir esto era para dejar constancia de lo rebotados que están los nanos estos últimos días, y de mi agobio consiguiente cuando me toca aguantar a los grupos más problemáticos. Igual que pasa antes de cualquier otro período vacacional, durantes estas semanas pre-veraniegas hace falta Dios y ayuda para mantener la disciplina en ciertas clases. Los que van a suspender ya lo dan todo por perdido, y los que tienen la certeza de que van a aprobar empiezan a levantar el pie del acelerador y a relajarse en demasía. Así pues, a los profesores nos hacen falta a diario grandes cargamentos de paciencia.
Como habréis notado, he tenido tiempo de explayarme un poco en este post. Eso es porque al menos de momento estoy libre de trabajo subtitulador, lo que me permite guardar fuerzas para lidiar con los alumnos. Algo es algo.
b.s.o. THE CURE “The end of the world”
15.5.08
b.s.o. ROBERT EARL KEEN “Mariano”